BREVEDADES
Por: Christian Johnson
El sermón del Padre José Vieira
La iglesia Saint Arsene donde funciona la Misión Nuestra Señora de Ávila, estuvo completamente copada con fieles que vinieron a escuchar la misa en Honor al Señor de los Milagros el domingo pasado.
No obstante que esta tradición es de origen peruano, gran parte de los asistentes estaba conformada de latinoamericanos de todos los países, y a diferencia de otros templos de la ciudad, en lo que se refiere a los elementos del ritual, acá la celebración es más bien modesta ya que ésta iglesia no cuenta con una numerosa y tradicional hermandad de cargadores y sahumadoras, ni con una antigua imagen que es sacada en procesión por las calles de la ciudad.
Más bien en Saint Arsene, fue un manojo de fieles que cargó la pequeña imagen del Cristo Morado por los pasillos y la nave central hasta el altar donde aguardaba el Padre José Vieira para comenzar la misa.
Antes de que iniciara la ceremonia, como siempre que estoy en un templo, tuve tiempo para observar y reflexionar. Miré como entraba la luz cálida por las ventanas altas de la iglesia bañando tenuemente las cabezas y hombros de las personas; los mayores más cerca del altar los más jóvenes cercanos a la puerta, tal cual era como cuando yo era niño. Al ver las imágenes de los santos me preguntaba cuando los talladores representaran las imágenes en semejanza a sus devotos, con las caras mestizas y ojos rasgados de América, algo así como el poema del venezolano Andrés Eloy Blanco que le pide a Dios que pinte angelitos negros.
También me preguntaba sobre como habrá sido la transición entre el padre José Villar, que terminó hace poco sus funciones como encargado de la Misión Nuestra Señora de Ávila, y el Padre José Vieira. El padre vieira se ha hecho cargo de la misión con los sacerdotes Duberney Rodas y Cristian López.
Mi inquietud no espero mucho, después de saludar y dar la bienvenida en Español, Francés e Inglés el Padre Vieira, de origen portugués, captó la atención de todos contando sus experiencias personales con el Cristo Morado. Dijo que cuando era niño fue a la misa con su madre y su abuela en su pueblo natal de San Miguel, que queda en una de las pequeñas islas del archipiélago de las Azores en el Atlántico Norte, y que recuerda que su madre le rezaba a una imagen del Señor de los Milagros pidiéndole que los protegiera de la llegada de los ejércitos enemigos para que no vinieran a violar a las mujeres y que permitiera el regreso de sus maridos a casa sanos después de la guerra. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial.
Continuó su relato recordando que cuando joven mientras estaba de visita a unos familiares en una pequeña aldea al sur de Italia que estuvo atravesando una crisis personal y que su tía le dijo que como cristiano que él debía ir a la iglesia a buscar consejo. Al llegar a la iglesia encontró una vez más en su camino una imagen del Señor de los Milagros. Era una bella y antigua capilla y había un hombre viejo orando al pie de la imagen que le dijo que se sentía muy sólo y agobiado, ¨ Soy del Perú y yo también estoy perdido en Italia, pero no tengas miedo joven porque tendrás un milagro.¨ Cuando alzó la mirada ya el anciano no estaba, ¨Estoy seguro que era un ángel de Dios, y ahora que estoy en Montréal me encuentro hoy por tercera vez con la imagen, es el Señor que me sigue, porque es Jesús que sigue nuestros pasos, siempre está allí, el Señor de los Milagros;´ acertó el Padre Vieira.
Hizo reflexión el sacerdote sobre el significado de los milagros, más allá de pedirle a Dios una ayuda inmediata para resolver un problema material concluyó que más bien que el milagro era recibir la luz para poder entendernos mejor como seres humanos y aceptar a los demás por lo que son, para ver la vida con los ojos del corazón, por ese milagro, ¨Seré capaz de perdonarme a mi mismo, a mis hermanos, pedir por más justicia en este mundo y coraje para luchar por una vida más justa, ese es el milagro que debemos pedir…sin excepción de nada somos una iglesia no una secta y debemos aceptar a todos.¨
Luego continuó con la misa, llegaron las ofrendas, los padres trajeron a sus criaturas y luego de la comunión los niños se acercaron para recibir galletas de las manos abiertas del sacerdote.
Como siempre después de la misa, todos bajaron al sótano de la iglesia a disfrutar de la comida tradicional y para continuar la celebración.
Aunque católico por nacimiento no soy religioso, pero al salir de la iglesia, pensé en el largo recorrido del Padre Vieira que fue traído desde tan lejos por el Señor de los Milagros hasta las puertas de la Misión de Nuestra Señora de Ávila para servir a esta comunidad migrante, que como él, que se ha alejado de su tierra. El padre José Villar puede estar tranquilo su rebaño está en buenas manos.